Texto original escrito por Ana. Sígueme en Twitter.
En esta época de fiestas que estamos rodeados de platillos deliciosos y con una fuerte carga emocional, no se trata de no comerlos o de sufrir al hacerlo. Si no de disfrutarlos de forma saludable. ¿Cómo conciliar los platillos y eventos de esta época con un estilo de vida saludable?
Desde mi punto de vista, parte de un estilo saludable es disfrutar de las tradiciones, los platillos que nos gustan, la convivencia social, pero sin dañar nuestra salud y actuando congruentemente con lo que le funciona a nuestro cuerpo. Una de las mejores maneras que yo he encontrado para disfrutar de forma sana la comida en general es adoptando las prácticas del comer conscientemente.
Comer conscientemente o, en inglés, “mindful eating” es una práctica que involucra traer toda tu atención a lo que comes y al proceso mismo de comer. El énfasis se centra no solo en el qué, sino en el cómo se come. Comer conscientemente involucra escuchar a tu cuerpo para determinar qué, cuándo y cuánto comer. Implica explorar la comida con tus cinco sentidos, examinar los pensamientos, emociones y sensaciones que surgen al comer.
Comer conscientemente ayuda a comprender y mejorar tu relación con la comida y a devolverle el sentido de placer y satisfacción al acto de comer.
Consejos para comer conscientemente
Busca un lugar en el que te sientas cómodo y siéntate a comer. Cuando comemos parados, platicando, mientras servimos a otros, el foco de nuestra atención tiende a estar en otra actividad (la plática, las necesidades de otros) lo que hace que no tengamos ni idea de qué ni cuánto estamos comiendo.
Antes de servirte, tómate un momento para observar todas las opciones de comida ante ti. Explora la comida con tus sentidos. ¿A qué huele? ¿Cómo se ve? ¿Qué realmente deseas comer?
Una vez que has decidido lo que comes, detecta tu grado de hambre FISIOLÓGICA. Y sírvete en porciones de acuerdo a tu hambre fisiológica no al hambre emocional, no al antojo.
Si te es difícil elegir entre todas las opciones, sírvete poco de todo y disfrútalo poco a poco. Verás que con unos cuantos bocados recibirás el sabor y el placer que buscas, realmente no es necesario comer demasiado para sentir placer.
Reacciona menos y decide más. Ante el impulso de comer algo o de comer mucho, para un momento y pregúntate: ¿realmente quiero esto? ¿por qué siento tantas ganas de comerlo, es por hambre fisiológica o por una carga emocional? De acuerdo a las respuesta decide en consciencia si comes o no.
Come pausadamente. ¿Se han fijado como la mayoría de las personas en cuanto se meten un bocado a la boca, ya están partiendo el siguiente, y aún sin tragar el bocado anterior, se meten más alimento a la boca? Esta práctica ocasiona que comamos demasiado rápido sin digerir correctamente los alimentos, sin dar tiempo a que el cuerpo registre la señal de saciedad y sin disfrutar lo que comemos. Una estrategia que me encanta para solucionar esto es soltar los cubiertos después de habernos metido un bocado a la boca. Y volver a tomarlos hasta que hayamos tragado.
Cierra los ojos. De cuando en cuando, cierra los ojos al masticar y percibe las texturas, la temperatura, los sabores, los olores de lo que comes.
Pon tu atención en el acto de tragar también. ¿A qué sabe la comida?¿Qué es lo que quieres comer ahora?
Contacta contigo constantemente para saber tu grado de hambre y satisfacción. Para de comer cuando te sientas satisfecho. Para aprender a detectarlo te recomiendo leer: Espectro del hambre y la saciedad Parte I, Parte II y Parte III.
Da gracias. Siéntete afortunado por poder degustar los alimentos que tienes frente a ti. Agradece, a la vida, la madre tierra, a tu deidad, esta oportunidad. Toma consciencia de todo el proceso para que esa comida llegara a tu mesa: el crecimiento de los vegetales, el trabajo de los agricultores…hasta llegar a las manos que lo prepararon. Toma consciencia de la alegría de contar con tus cinco sentidos para disfrutar. Es realmente conmovedor.
Texto original escrito por Ana. Sígueme en Twitter.
Por todos es sabido que durante esta época de fin de año la gente tiende a dejar a un lado la alimentación saludable y el ejercicio y se permite satisfacer sus antojos y gustos, tanto en comida, como en bebida, compras, desvelos, viajes…
En México incluso se le denomina “Maratón Guadalupe-Reyes” a la serie de festividades que van del 12 de diciembre al 6 de enero y que muchos prolongan hasta el 2 de febrero, día de la Candelaria, donde realmente se vive una carrera de alto rendimiento para el sistema digestivo.
La comida tradicional y el ambiente de pachanga que se vive en estos días, ciertamente generan placer a corto plazo, pero si nos pasamos de la raya las consecuencias a mediana y largo plazo, para muchos, son más bien negativas: sobrepeso (se calcula que en promedio se aumenta de 2 a 5 kg en esta época), molestias digestivas, cruda física y moral, deudas…Y entonces en enero viene el remordimiento de conciencia, el estado de cuenta de la tarjeta, la báscula…
Si es igual cada año, ¿por qué lo seguimos haciendo?
Es interesante cómo el ser humano repite conductas a sabiendas de que sus consecuencias no le favorecen. Cada quien tiene razones por las cuales come y bebe demás en estas fecha, pero de acuerdo a mi experiencia y a un sondeo que hice ayer en redes sociales, estas son las razones más comunes.
Mayor disponibilidad
Aumenta el número de reuniones, convivios, fiestas y con ello existe más oportunidad de comer y beber. En las oficinas y en las casas se regalan chocolates, galletas, arcones con comida. Estamos rodeados de ella y como muchos dicen “hay más tentaciones”.
La masa te arrastra: “Todos lo hacen”
Como seres gregarios, los humanos tendemos a imitar las conductas de nuestro grupo social. Existen estudios en los que se observa que al comer en grupo, los individuos tienden a homogeneizar la velocidad en la que comen y la cantidad de comida y bebida que ingieren. Incluso cuando una persona, individualmente, tienda a sentirse satisfecha con menos o incluso no acostumbre ingerir cierto tipo de comida, en el contexto grupal, modifica su patrón individual para adaptarse al de la mayoría.
La comida y las fiestas están cargadas de emociones
Las comidas de fin de año contienen una fuerte carga emocional.
Primero, porque son una forma de demostrar cariño, por ejemplo, la mamá que pasa horas o días preparando platillos para darle el gusto a su familia. Y por lo tanto, son difíciles de rechazar pues sentimos que si nos negamos comer algún guisado o si declinamos otro pedacito de pavo o de pasta, estamos rechazando a la persona o negándonos a recibir su afecto.
De aquí viene nuestra, muy arraigada, incapacidad para decir que no. En nuestra cultura lo consideramos una grosería, una descortesía y peor aún si es con personas como los suegros, los jefes o algún otro elemento de autoridad o carga emocional importante.
Segundo, estas reuniones muchas veces son la única oportunidad en que ciertos miembros de la familia o amigos se reúnen en el año, lo cual carga el ambiente de emociones, a veces positivas, y otras negativas. Y en ambos casos, una forma de canalizar esas emociones es usando la comida.
Tercero, ciertos platillos nos recuerdan a personas o periodos de nuestra vida. Por ejemplo, “el postre de la abuela” o el ponche de la niñez. Esas ganas de volver a estar en contacto con aquella época que añoramos, sobre todo si tuvo un significado positivo, aumenta el deseo de ingerir el alimento en cuestión.
La comida como refugio
Para muchas personas fin de año es una época de tristeza, angustia o enojo. Duelos no resueltos salen a la luz, el recuento del año, el paso del tiempo, la tensión de la reunión familiar, la preocupación económica…todo ello genera estrés, depresión, angustia y una forma de canalizar y resolver momentáneamente es comiendo.
Me llamó la atención que en las redes sociales me comentaron que la comida es un refugio cuando no quieres convivir con los otros, enfrentar ciertos temas, hablar durante la cena.
Por sentirnos “parte de”
Las tradiciones nos dan identidad, nos permiten sentirnos parte de una familia, un grupo social, una religión o una cultura. Eso es importante y bonito. Pero también es la excusa para abusar del consumo de las mismas.
Son vacaciones y me lo merezco
En general se percibe este periodo del año como un momento de relajación, de recompensación, de regalarse a uno mismo y a los demás. Para muchos la mentalidad es: “Si ya me porté bien todo el año, ¿por qué no darme un gusto?” Darse un gusto es saludable y recomendable, pero el problema es que este “gusto” se prolonga dos meses o más, afectando varias áreas de nuestra vida.
Muchos perciben su vida como un esfuerzo monótono, aburrido, lleno de preocupaciones….su vida cotidiana carece de fuentes de placer, de descanso, de alegría. Por lo que a final de año, al presentarse la oportunidad, se alocan y buscan compensar todo esto, con un “me lo merezco”.
La comida como entretenimiento es clásica de esta época. Es el comer por comer, ese “¿qué hago?” que se resuelve comiendo.
Porque son gratis o porque “hay que aprovechar”
Me dio risa al leerlo en twitter, pero es cierto. Muchos comen de más cuando perciben que han obtenido un buen deal. Es la “mentalidad buffet” en la que se debe aprovechar esa abundancia de comida porque ya se pagó X cantidad. Lo mismo pasa en las invitaciones a comer, como es gratis, pues es momento de aprovechar.
O como X platillo solo se consigue en esta época del año, pues debemos llenarnos hasta reventar, como si con eso mantuviéramos ese sabor por los siguientes 11 meses…
Disfrutar de las delicias de esta época, celebrar con los amigos y la familia es saludable, si se hace en conciencia, en conexión con uno mismo, de forma balanceada y placentera.
Si consideras que en estas fechas te sales de control y quieres romper ese ciclo, te invito a preguntarte:
¿YO por qué como demasiado y me salgo de control en estas fechas?
¿Es una conducta que me trae consecuencias positivas o negativas?
Y toma una decisión.
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Texto original escrito por Ana. Sígueme en Twitter.
“Enojarse es fácil. Pero enojarse con la persona correcta, por el motivo correcto, en el momento correcto y en la intensidad correcta, es algo muy difícil.”
– Aristóteles
Hace unas semanas les platiqué sobre las consecuencias negativas del enojo crónico en nuestra salud. Y hoy toca compartirles estrategias para manejar correctamente dicho enojo para que no nos haga daño.
Quiero hacer hincapié en que expresar el enojo no es ni el problema ni es “malo”. Expresar el enojo de una forma asertiva es sano y necesario, así que vamos a ver cómo hacerlo.
Manejar el enojo es un proceso de aprendizaje que implica:
Lleva un diario de auto-observación por al menos una semana y registra cada vez que sientas enojo. ¿Dónde estás? ¿Con quién? ¿Bajo qué circunstancia? ¿Qué emoción sientes?
Encuentra el patrón (te aseguro que lo hay).
Por ejemplo, si descubriste que casi siempre te enojas en la sala de juntas (dónde), con tu equipo de trabajo (con quién), en la junta de planeación de los lunes (circunstancia) y que atrás de ese enojo hay un gran miedo por no estar lo suficientemente preparado (emoción).
Pregúntate: ¿qué puedo hacer para modificar ese patrón? ¿Qué parte de ese patrón está dentro de mis posibilidades modificar?
Lleva la reflexión más profundamente: ¿qué miedo me genera enojo?
Siguiendo el ejemplo, el enojo por sentirte poco preparado en las juntas de planeación puede ser un ¿miedo al rechazo? ¿al fracaso?
Hacer consciente el disparador, el patrón y el miedo subyacente, es el inicio para manejarlo, pero depende de la naturaleza del mismo, puede que sea necesario que profundices para resolverlo a través de la escritura, platicarlo con alguien o manejarlo en terapia.
Identifica signos físicos como: tensión muscular, tensión facial, tronarse los dedos, rascarse continuamente, taquicardia, respiración agitada, sensación calor en el cuerpo, apretar la mandíbula…
Identifica signos en tu conducta: alzar la voz, responder con monosílabos, manejar más rápido, caminar más a prisa, incapacidad para concentrarte…
Respira
Respira profundamente contando del 1 al 10 y repite las veces que sea necesario. Dirigir tu atención a la respiración y la cuenta hace que te desenganches mentalmente del estresor, y por otro lado, controlar la respiración disminuye el ritmo cardiaco, lo que genera relajación.
Aléjate
Reconoce que este no es un momento para hablar, escuchar o afrontar. Pide un tiempo y aléjate de la situación.
Haz algo incompatible con el enojo
Por ejemplo, abrazar a tu hijo, acariciar a una mascota, caminar, escuchar música alegre o relajante, bailar, meditar…
Comunica tu enojo de forma asertiva
Una vez que la furia ha pasado, es importante expresar el enojo y encaminarlo hacia una solución.
Si deseas comunicar tu enojo a alguien más, busca un momento propicio donde haya privacidad, tiempo para platicar y un ambiente relajado.
Antes de hablar ¡piensa!
¿Es cierto? ¿Sirve de algo decir lo que voy a decir? ¿Me inspira a mí y a los demás? ¿Es realmente necesario expresarlo? ¿Lo estoy diciendo de forma amable?
Escucha
Identifica soluciones
Pide una disculpa y perdona(te)
Si el enojo es algo que debes resolver contigo mismo, busca un momento propicio para estar a solas y medita sobre lo ocurrido, identificando causas y proponiendo soluciones, si te es útil escríbelo.
Además de aprender a manejar el enojo cuando está ocurriendo, es importante establecer estrategias en la vida cotidiana que fomenten la paz interior.
Ejercítate
La actividad física es una forma de encauzar y desahogar emociones acumuladas y de liberar el estrés.
También es una forma de relajar los músculos y liberarlos de la tensión.
Ríete
Reír es un excelente ejercicio físico, emocional y social. ¿Cuántas veces te ríes al día? Busca la compañía de amigos simpáticos, ve series de televisión divertidas, baila, aprende a contar y disfruta buenos chistes, acude a una sesión de risaterapia…
Haz una lista de lo que te hace sentir bien
Yo aquí te enseñé cómo construir tu Feel Good List
Practica ejercicios de relajación
La relajación viene en muchas modalidades, ¡encuentra la tuya! Oración, meditación, yoga, arte, manualidades, contacto con la naturaleza, ejercicio…
Diario de gratitud
Haz un recuentro diario de las cosas positivas de tu vida y agradece por ellas. Te sentirás reconfortado al descubrir que siempre hay muchas razones por las que sentirse afortunado.
Si tu enojo te ha causado problemas de salud crónicos, has tenido ataques de ansiedad, has perdido relaciones personales o laborales, has tenido accidentes…no estás solo. Busca la ayuda de un profesional que pueda apoyarte.
Recuerda que lo que no se habla se actúa y si no te enferma.
Tú puedes controlar cómo te sientes y cómo reaccionas. Puedes dejar el automatismo de la respuesta mecánica y convertirte en el timón de cada uno de tus pensamientos, emociones y conductas.
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Texto original escrito por Ana. Sígueme en Twitter.
El fin de semana me estuve acordando de frases y consejos clásicos de mi papá en relación a la comida como: “no comas comida en la calle” o “cuántos niños pobrecitos quisieran tener ese plato de comida” o “no hagan gestos” (cuando mi hermana y yo hacíamos caras al probar algo nuevo, jaja, éramos expertas en hacer caras) o “no puedes dar una opinión hasta no haberlo probado”.
Por lo que pregunté en twitter y facebook qué consejos o frases en referencia a la comida les dieron sus padres y recibí una cascada interesante y simpática la cual compilé y les comparto:
¿Alguna les suena familiar? ¿Se les ocurre otra?
Ahora, lo interesante es reflexionar, ¿qué tanto consideran que dichas frases o consejos han influido en su relación con la comida en su vida adulta?
Hace tiempo escribí “Cinco frases de los papás que afectaron nuestra relación con la comida” donde abordé este tema utilizando algunas frases que generan una relación disfuncional con la comida en la vida adulta.
Obviamente, no todo lo que nos dijeron nuestros padres nos afectó de forma negativa, al contrario, creo que la mayoría de sus palabras nos impactaron positivamente. Pero sea para bien o para mal, esas palabras ahora forman parte de quienes somos.
Peggy O’Mara, experta en crianza, dijo que “la manera en la que le hablas a tus hijos se convierte en su voz interior”.
El impacto de lo que decimos repetidamente va penetrando nuestra mente hasta convertirse en una CREENCIA. Más aún cuando proviene de una persona que respetamos y queremos como nuestros padres.
Una creencia es dar algo por cierto, sin cuestionarlo. Nuestras creencias generan pensamientos, emociones y acciones.
Una de las frases que se me hacen más fuertes es: “De que se tire a que me haga daño…” Si crecimos escuchando esto se nos va generando la creencia de que antes de nuestra salud están las cosas, en este caso la comida. Dejamos de respetar y escuchar las señales de saciedad y hambre y nos vamos acostumbrando a tratar a nuestro cuerpo como basurero (aunque se oiga feo) de lo que dejan nuestros hijos, de lo que sobró de la comida, del último pedazo de pizza, de nuestras emociones….Y luego nos sorprendemos que nos cuesta trabajo controlar las porciones o parar de comer.
“No te levantas de la mesa hasta que te lo acabes” tiene un efecto similar, genera la creencia de la comida como un proceso doloroso, poco placentero, pero además genera un sentimiento de culpa si no se termina lo que hay en el plato.

O si constantemente nos ofrecieron dulces como premio a cambio de comernos las verduras, es lógico que de adultos tengamos la idea de vegetales sinónimo de obligatorio, “a fuerzas” y lo proyectamos con la idea de que no nos gasta la ensalada, y por otro lado, creemos que los dulces, los postres, la chatarra es algo positivo, algo que nos ganamos, que nos merecemos después de un esfuerzo y lo aplicamos buscando recompensarnos y apapacharnos con algo dulce o un antojo.
Este proceso es inconsciente y por eso llega un punto en que simplemente lo hacemos. Incluso aunque vaya en contra de nuestra salud.
Si hay una actitud ante la comida que no te haga sentir bien, te genere una emoción negativa y/o percibas que no puedes controlar pregúntate ¿qué creencias hay detrás de ese comportamiento?
La forma más efectiva de transformar una creencia, es cuestionándola. Cuando tengas claro cuál es la creencia que te lleva a actuar y sentirte de cierta forma, pregúntate: ¿esta creencia me sirve para estar sano y feliz? ¿me genera emociones negativas o positivas?
Si descubres que esa creencia es disfuncional, es decir que ni te sirve para estar bien y genera sentimientos negativos, entonces sustitúyela por otra que sí te permita desarrollarte, vivir plenamente, que te genere placer, alegría.
Por ejemplo:
Una creencia muy común: “no me gustan las verduras”
Cuestiónala: ¿en verdad tienes certeza absoluta de que no te gusta NINGUNA verdura? ¿ya las probaste toooodas, en toooodas su variedades, en tooooodas las formas en que pueden prepararse?
Cámbiala: “me abro a probar nuevos sabores y disfruto descubriendo alimentos sanos para mí”
Y cada vez que en tu mente escuches el “no me gustan las verduras” y sientas resistencia a probar una lindo vegetal, inmediatamente repitete tu nueva creencia y nota cómo cambia tu emoción y tu actitud.
Hoy los invito a pensar en las frases que les dijeron sus papás en relación con la comida y qué tanto han impactado su vida. ¿Qué creencias detectan detrás de su actitud ante la comida? Para los que son padres, ¿qué frases les dicen a sus hijos?
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Texto original escrito por Ana. Sígueme en Twitter.
La calidad de la relación con la comida no está determinada por tu peso o por tu estilo alimenticio. No por ser delgado quiere decir que tengas una relación funcional con la comida o que por el contrario, por tener sobrepeso tengas una relación disfuncional. Tampoco tiene que ver con qué tanto ejercicio haces. La relación disfuncional es algo mucho más profundo, es una postura interna.
El indicador principal de que tienes una relación disfuncional con la comida es que LA COMIDA ES EL CENTRO DE TU VIDA.
Esto quiere decir que TODO gira alrededor de ella: a dónde vas, con quién convives, cómo te sientes, qué actividades haces, qué piensas…y obviamente qué y cuánto comes. Es como un filtro a través del cual le das significado a tu mundo y tomas decisiones.
Si respondiste que sí a alguna o algunas de estas preguntas, es muy probable que tengas una relación disfuncional con la comida.
La relación disfuncional con la comida se manifiesta principalmente de dos formas:
Relación disfuncional A
Relación disfuncional B
Aunque son diferentes y tienen muchos matices, en ambos tipos de relación hay una obsesión por la comida. No se puede dejar de pensar en ella. Cuando el centro de tu vida es la comida siempre hay ansiedad y culpa.
Creando una relación funcional con la comida
La relación que tienes con la comida depende de tu autoconcepto, del cual deriva tu autoimagen. Reflexiona: realmente no le tienes miedo a la comida, te tienes miedo a ti. Por lo tanto, tienes que empezar a trabajar en ti para resolver tu relación con la comida.
Aunque esto es un proceso que lleva tiempo y se tiene que hacer con la guía de un experto, estas son algunas recomendaciones para mejorar tu relación con al comida:
¿Cómo dirías que es tu relación con la comida?
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